TORKEMADA

Incoherencia plastificada

2019-02-24

Campo de Oportunidades





En las reuniones de cada jueves del sanedrín gastronómico de mi cuadrilla, tras estar media cena hablando de los achaques que comenzamos a sufrir y de los rifirrafes con nuestros hijos adolescentes y la otra media, con el queso sobre la mesa y el vaso de sidra en la mano, solucionando los numerosos problemas que tiene la Seguridad Social y la poca esperanza que tenemos en la pensión por jubilación que, lamentablemente, cada vez tenemos más cerca, pues bien, tras esta variopinta temática que se viene repitiendo semanalmente, además de los obvios comentarios despellejadores hacia todo bicho viviente, los miembros de tan selecto Club, hemos caído en la cuenta que nos estamos haciendo viejos. Aún así, emulando a la Asociación de Jubilados del pueblo vecino, Alegia que se llama Beti Gazte (Siempre Jóvenes), nosotros también nos identificamos con ellos y aquí seguimos, siguiendo la estela de mi querida Tina Turner, en la brecha.

La vejez, o falta de juventud y con ello la falta de relevo generacional en el campo es un tema tan recurrente como cansino para propios y ajenos que dada la enorme dimensión del reto, resulta inabarcable y por ello no es de extrañar que siga, año va año viene, en la agenda de prioridades de todas las administraciones, organizaciones y entidades que viven del y por el campo. Creo, por otra parte, que no merece la pena ahondar en la herida y dar una retahíla de datos tan terroríficos como inquietantes que más que incitarnos a la acción nos empujan al desánimo cuando no a salir corriendo despavoridos. Pero permítame apuntar un dato, sólo el 11 de los titulares de explotaciones agrícola en la UE tenían, en 2018, menos de 40 años de edad.

Sí, por mucho que le cueste creerselo, la Unión Europea considera joven agricultor a todos aquellos que estén por debajo de los 40 años y visto el dato antes apuntado, ni me extraña que nadie se atreva a bajar el listón, no vaya a ser que el porcentaje baje hasta el único dígito, ni me sorprenden aquellas voces que reclaman subir el listón de la juventud hasta los 45 años.

Tal y como reconocen los propios responsables europeos, el sector agrícola de la UE se enfrenta al reto de una población europea cada vez más envejecida, y así los más críticos sugieren que si prosigue esta tendencia, se pondrá en riesgo la sostenibilidad del sector agrícola a largo plazo si no se actúa en la PAC y el relevo generacional por todo ello, comprenderá que es más necesario que nunca abordar el tema en su integridad (tierra, fiscalidad, apoyos a la incorporación y a la inversión en tecnología e innovación, expansión de la banda ancha, reequilibrio de la cadena alimentaria, servicios en el mundo rural, etc.) y fijando de forma nítida las prioridades políticas.

Como imaginará, la dimensión del problema es de tal magnitud que no existen ni soluciones sencillas ni varitas mágicas y únicamente, la conjunción de un paquete de medidas, audaces y sostenidas en el tiempo, alineadas entre sí y con la participación de las diferentes administraciones y del conjunto de agentes agrícolas y rurales posibilitarán que, poco a poco, se revierta la situación.

Mi amigo Iñaki suele decir que para que los jóvenes opten por la agricultura deben sentir que cuentan con prestigio profesional por la calidad de sus productos y con un prestigio social donde la profesión de agricultor sea reconocida por el conjunto de la sociedad. Ese prestigio hará que los jóvenes estén orgullosos de ser profesionales del campo y orgullosos de suministrar alimentos sanos y de calidad a sus convecinos y será este sentimiento de orgullo el que suplementará con creces la dedicación y el sacrificio que conlleva este oficio donde la rentabilidad es, más bien, justita.


Por ello, creo que campañas como la impulsada por las juventudes de COAG bajo el lema #somoslatierra y la impulsada por la organización agraria ENBA de Euskadi con su lema #BaserritarrazHarro (Orgullosos de los agricultores) con su apelación al orgullo que tanto los propios jóvenes como el propio sector primario deben sentir por su trabajo y modo de vida, como decía, este orgullo debiera ser compartido y extendido al conjunto de la sociedad.
Personalmente, creo que el prestigio social y profesional puede ser un buen acicate para lograr atraer talento hacia el mundo rural y la actividad agraria que dejándose de actitudes victimistas y pesimistas debe luchar para que tanto descendientes de las familias ahora en activo como jóvenes ajenos al campo se incorporen al frente de las explotaciones y desde su alta cualificación impulsen nuevas metodologías, tecnología y modos de comercialización flexibles y adaptados a los nuevos hábitos de consumo. Recientemente, he tenido conocimiento de la existencia de una experiencia catalana llamada Odisseu cuyo objetivo es atraer talento al mundo rural y de forma proactiva, salir al encuentro de esos jóvenes que por su formación (agrónomos, veterinarios, biólogos, nutricionistas, empresariales, marketing, …) pueden tener en el campo y en el mundo rural un extenso campo de oportunidades.

Si no impulsamos una mejor formación de los jóvenes de las actuales explotaciones para que sean capaces de abordar mayores retos y si como sector nos autolimitamos a lo que tenemos en casa, el finiquito es cuestión de (poco tiempo). Si empoderamos a los jóvenes de las actuales explotaciones y abrimos las puertas a jóvenes formados, por el contrario, el futuro estará garantizado.


Xabier Iraola Agirrezabala

2019-02-17

Astros alineados




El patio político español anda más que revuelto. La moderación fracasa por ser demasiada anodina en esta sociedad del tuit, del griterío y del espectáculo, donde lo que vale es la estridencia y así en la dinámica del “que más grita, capador”, los extremistas se adueñan del micro, reconfortan a sus incondicionales, se refuerzan entre sí y el que no les siga, ¡cómo no!, será tildado de “cobarde, maricomplejines y pastelero”. En este museo ibérico de los horrores sólo cabe la brocha gorda, no hay matices, no hay gama de grises, ¡o blanco o negro!.

 Pues bien, tras el más que previsible rechazo multilateral de los Presupuestos Generales del Estado en el Congreso ya conocemos la fecha de marras para las elecciones, el 28 de abril, por lo que vayan petrechándose de sira y katiuskas porque la que va a caer, va a ser terrible. Los presupuestos de un Gobierno, al menos en lo que a Agricultura se refiere, que pasa con más pena que gloria y si me apuran, les diría, sin querer ser cruel, de un Gobierno del que ni nos hemos enterado de lo poco que haya podido hacer el plano ministro. Gestionar la inercia, que diría aquel.

Llegarán las elecciones. Sufriremos el chaparrón y finalmente, sabremos por dónde escampa, si por el este o por el oeste, si por la derecha o por la izquierda y esperaremos a que terminen sus acuerdos para conocer quién será el sustituto de Pedro. Él mismo, o Pablo (con permiso de Albert) que le noto, si me permiten el comentario, algo impaciente.

Impaciente, según la Real Academia de la Lengua Española es aquella persona que espera con desasosiego y algo así, o peor, es el sentimiento que se ha apoderado de los ganaderos vascos ante la decisión del Gobierno Vasco, más concretamente de su Departamento de Medio Ambiente, de incluir el lobo dentro del Catálogo Vasco de Especies Amenazadas con categoría de especie de interés especial.

Desasosiego es el sentimiento aludido pero creo haberme quedado algo más que corto y que debiera utilizar expresiones como alarma, miedo, zozobra, temor, horror, pena y otra amplia lista de términos que definen mejor el estado de ánimo, desánimo mejor dicho, que anida en el corazón de muchos ganaderos que ven perplejos e indignados como la vida de todo bicho viviente y de toda fauna salvaje es mucho mejor valorada que la vida de sus propios animales, por muy de raza autóctona que sean, y obviamente, que su propia vida.

El Gobierno Vasco, como decía, ha decidido incluir el Lobo como especie de interés especial en el Catálogo antes mencionado y si bien la categoría propuesta, la de especie de interés especial, es algo más liviana que la calificación que solicitaban los grupos ecologistas comandados por Grupo Lobo, calificación del Lobo como especie en peligro de extinción, no es menos cierto que la mera inclusión del Lobo en el Catálogo de especies amenazadas conllevará, lógicamente, la redacción e implementación del consiguiente plan de gestión y con ello, impepinablemente, un avance de la alimaña por nuestros montes y territorios. Además, todo ello, para más INRI, con informes solventes sobre la mesa que reconocen que el lobo como especie salvaje no tiene peligro alguno de extinción puesto que en zonas y comunidades limítrofes como Castilla-León, Cantabria y Asturias, etc. cuentan con una población numerosa y consolidada. Ello, no obstante, no resulta suficiente para unos ecologistas que quieren al Lobo en todos y cada uno de los territorios históricos o provincias.

Los ganaderos, como nos lo vienen recordando constantemente, consideran que la expansión del lobo es claramente incompatible con la ganadería extensiva que se practica en muchos montes de nuestra amada tierra, más allá de las emblemáticas sierras que todos tenemos in mente, y que el depredador exige la vigilancia permanente del ganado lo cual es imposible de compatibilizar con las otras muchas tareas que nuestros ganaderos, muy especialmente los pastores, tienen que llevar a cabo como son la elaboración de queso, la venta de producto bien desde el propio caserío bien en ferias, mercados y tiendas de cercanía así como otras muchas tareas que son inherentes a la actividad, al mismo tiempo que desconocidas para el gran público y consiguientemente, para los grupos ecologistas que tanto amparan al depredador.

La expansión del Lobo, así de contundente lo dicen los pastores y vaqueros que gestionan la montaña, sabedores de la imposibilidad de gobernar el ganado con una prole de mastines en unos montes y territorios tan humanizados como los nuestros, conllevará el fin de la ganadería extensiva y consecuentemente, en algunos casos, provocará la reorientación del modelo productivo hacia un modelo estabulado e intensivo, desvinculado del monte. Eso sí, teniendo la escasa productividad de nuestra raza autóctona, en el ovino me refiero a la oveja latxa, esta reorientación acarrearía el cambio de razas, optar por otras más productivas y paralelamente, el fin de nuestra joya gastronómica, el queso de denominación de origen Idiazabal que, sólo, se puede producir con leche de oveja latxa.

En fin, parece ser que se han alineado todos los astros para que lo que es su momento no logró la industria lechera, una industria que quería que los ganaderos optasen por razas foráneas de mayor producción para así adquirirla a un menor precio, lo van a lograr la alineación de los astros del Gobierno con los astros del ecologismo.

Verdaderamente, una pena.


Xabier Iraola Agirrezabala



2019-02-10

Quien quiera peces, que se moje el culo




He relatado numerosas veces abundantes ejemplos del menosprecio y/o desapego que sienten nuestros productores por parte de sectores de la sociedad que les critican como trabajan y como interaccionan con el territorio, fauna y flora. Se sienten ninguneados y abandonados, muchos de ellos al menos, tanto por gente ajena al sector primario como por la clase política, comenzando por los más cercanos, alcaldes y concejales.

Entramos en época pre-electoral, aunque quizás debiera hablar más directamente de época electoral, por lo que suponemos que es una época propicia para pedir y reclamar una mayor y mejor atención a los municipios y barrios rurales, mejores infraestructuras (accesos, red eléctrica, agua, fibra óptica, etc.), mejores servicios para niños, jóvenes y mayores y así, suma y sigue, hasta completar un listado más largo que la carta al Olentzero y/o Reyes Magos de un niño en época prenavideña.

Los productores, como cualquier otro vecino, han aprendido que tan importante como elegir bien el tipo de proyecto y/o inversión que reclamar, es elegir correctamente la forma y el momento de trasladar la petición. Son conscientes que cada vez son menos y consecuentemente tienen un menguante peso social y una menor trascedencia electoral por lo que los políticos, incluso los más cercanos, antes de decidir qué y cómo invertir en el ámbito rural, previamente, se aseguran que hayan ejecutado todas las prioridades del ámbito urbano, del casco, para así, con los restos, invertir en lo rural.

Personalmente y coincidiendo con lo que recientemente me reconocía un joven pastor, la situación de ninguneo y abandono hunde sus raíces en la apatía y falta de compromiso de los productores con su propio pueblo, comarca y lo que quieran añadirle. Los productores son de la opinión que su función es limitarse a la producción y que para cuestiones de lo público ya están los vilipendiados políticos, apostillando el lapidario “que para eso les pagamos”.

En muchos núcleos rurales tenemos una red eléctrica deficiente, una red de abastecimiento que apenas llega un poco más allá del núcleo y que condena a los caseríos a sus captaciones particulares, una inexistente red de fibra óptica, ni hay cajero ni se le espera, el comercio brilla por su ausencia y mientras tanto, en el centro urbanos, andan con todos los servicios imaginables y con unas infraestructuras que para sí quisieran en muchos de los países más avanzados.

Pues bien, si los productores siguen autoexcluyendose de la acción pública y de las responsabilidades políticas, que luego no se lamenten y lloren por las esquinas que ya no hay alcaldes pedáneos ni concejales de agricultura y que para colmo, la persona que lleva lo rural ni sabe ni tiene la más mínima sensibilidad para con la realidad del campo, puesto que el hueco que ellos no cubren, alguien ajeno al rural, lo ocupa rápidamente.

Mi amigo Errota, en un alarde de traducción libre, suele recurrir frecuentemente al dicho “qui volis piscis, mojis culis” para decir el acertado “quien quiera peces, que se moje el culo” que apela a la necesidad de auto-implicarse en la cosa pública para mejorar la calidad de vida de todos los habitantes del medio rural, obviamente, empezando por uno mismo. Y digo empezando por uno mismo porque no será ni el primero ni el último, tanto en lo rural como en lo urbano, de los que se integra en una lista electoral y posteriormente en la corporación para solucionar lo suyo y una vez logrado el objetivo particular, abandonar el servicio público.

En los ayuntamientos, instituciones en general y por extensión, en el conjunto de asociaciones y entidades que conforman la sociedad civil es más necesaria que nunca la implicación y participación de la gente con una visión que trascienda los límites de su propiedad y con la mirada puesta en el colectivo. En cualquier caso, salvo excepciones, lo que beneficia al colectivo, también beneficia a uno mismo.

Por todo ello, en este trascendental momento en que los dirigentes locales y comarcales de todos los partidos políticos, sean del color que sean, andan buscando gente para impulsar y dirigir las políticas agrarias y rurales de las diferentes instituciones, quiero animar a todos (bueno, quizás, sea pasarse lo de todos) los productores a que dejen la pereza y las diversas excusas a un lado y se impliquen en la cosa pública, sea por el partido que sea, bien llevando directamente el área rural y, porque no, la máxima responsabilidad de su pueblo.

¡Anímese! Aprenderá mucho, se lo digo por propia experiencia.

Xabier Iraola Agirrezabala


2019-02-03

El Corte Inglés




Imagino la cara de poker que habrá puesto mi amiga Lurdes, cartera de profesión, al leer la información periodística en la que se afirma que Correos se valdrá de su vasta red de oficinas con 2.396 puntos para prestar otros muchos servicios como pueden ser los financieros, administrativos, etc. en aquellos municipios que, por su reducido tamaño, no cuenten con oficina bancaria u organismo oficial alguno.
Ella, particularmente, se libra de dicha diversificación al contar nuestro pueblo con sucursal bancaria y por lo tanto, releyendo la noticia puede sentirse ciertamente aliviada. Ahora bien, mucho me temo, que los dirigentes de Correos, al menos si las expectativas de negocio se cumplen, no se limitarán a los pueblos sin sucursal y no resultará muy raro que sean los propios carteros quienes, ante la creciente disminución de oficinas bancarias también en las ciudades, sean los encargados de hacer determinadas gestiones con los clientes finales y así, mientras te entrego un folleto publicitario, una carta de la compañía eléctrica y un paquetito de Amazon, la amable cartera te quitará una firma con la que abrir una cuenta corriente para el hijo o la nieta.
Yo, particularmente, cuando leía la noticia me acordé del Corte Inglés de Itsasondo, mi pueblo vecino, donde en los bajos de la casa Ibarre había un establecimiento comercial-hostelero por el que los hipsters actuales beberían los vientos al comprobar que mientras tomabas un vino podías comprar el pan, unas alpargatas y un paquete de garbanzos que se te habían olvidado y todo ello, con un horario amplísimo puesto que la familia vivía allí mismo.
Hace muchos años, en los pueblos, en casi todos diría yo, teníamos de todo y ahora, por una u otra razón, por los cambios legislativos, por el cambio de los hábitos de consumo y finalmente con la omnipresencia de internet, los pueblos, sus servicios y su comercio subsisten a duras penas y en muchos de los casos, son los propios consistorios quienes tienen que interceder, cuando no ceder sus propios locales, para que determinados servicios se mantengan, regalar concesiones de explotación de bares y tienditas municipales y aún así, la cosa está muy, pero que muy cruda.
Desertificaron, ¿o quizás debiera decir desertificamos?, los pueblos y sus comercios que fueron aspirados por la enorme potencia y gran atracción ejercida por los hipermercados situados en las afueras de las ciudades. Las administraciones, más que menos, allanaron cuando no pusieron alfombra roja para su aterrizaje, adaptaron a sus necesidades las normativas urbanísticas, construyeron los accesos a medida y resulta que con la llegada de la última crisis este hipermodelo comienza a resentirse por los nuevos hábitos de consumo que, al parecer, optan por una compra en establecimientos más cercanos, a los que poder acceder fácilmente andando, sin coger el vilipendiado vehículo privado, y donde el acto de compra es ejercitado por una única persona, en vez de ser un acto familiar como viene siendo en los grandes centros comerciales donde el marido y el niño hacen trizas los planes de ahorro de la señora que va pertrechada de su lista de compra.
El modelo del Hiper se resiente y así, tenemos que, según la consultora Kantar Worldpanel, el hipermercado desciende hasta el actual 13% de la cuota de mercado en la cesta de la compra en el año 2018 frente al 60% que acapara el formato de supermercados y aún así, bastante alejado del aún incipiente comercio online con un 1,6%, al parecer, entre otras cosas, por el peso que tienen los productos frescos en el momento de determinar el lugar de compra. En Euskadi, por mucho que nos creamos diferentes, tenemos porcentajes parecidos con un 63,7% en supermercados, 19,8% en hipermercados y 16,5% en autoservicios.
La expansión de los supermercados es tal que incluso hay quien comienza a hablar de la burbuja de los supermercados y que se empiezan a vislumbrar los primeros síntomas de agotamiento con un crecimiento del 0,3% bastante menor que los años precedentes donde se daban crecimientos que rondaban el 1,5%. Ahora bien debemos ser conscientes que el crecimiento del formato supermercado imbricado en los propios municipios y ciudades, ha sido impulsado por las propias cadenas de distribución que no han hecho más que adaptar el formato, de hiper a super, siendo su crecimiento a costa de la tienda tradicional gobernada por autónomos y familias que acaban extenuados, cuando no ahogados, por la imparable carrera de megaofertas perennes.
Como decía, simplificando en exceso quizás, el hiper aspiró al comercio urbano, con la crisis los hipers flaquean y las cadenas de distribución se reconvierten en super que se zampan a las pocas tiendas tradicionales que quedaban y ahora, unas y otras, temerosas e inquietas ante el imparable avance de la compra online que amenaza con llevarse todo por delante. Incluso, la vida de nuestros pueblos y ciudades.
Cuando Amazon (la marca de la inquietante sonrisa) y su cuadrilla acaben de rematar a todos, mucho me temo que volveremos a formulas como el Corte Inglés de Itsasondo, experimentos como el de Correos u otras formulas hiperflexibles que yo, al menos, soy incapaz de imaginar.
Aunque puestos a imaginar no estaría mal que mi amiga Lurdes, junto con las cartas y paquetes, nos trajese a casa, todas las mañanas la leche fresca del día. ¡Ahí va la idea, por si Kaiku la quiere hacer suya!.


Xabier Iraola Agirrezabala