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Soledad familiar

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Mikel y Antonio son primos, “etxekonekoak” (vecinos dentro de un mismo caserío) y a su vez, socios de la misma explotación ganadera, una explotación de vacuno de leche. Ambos semi-jóvenes, junto a sus esposas, hace unos años decidieron tomar el relevo de sus progenitores y afrontar el futuro unidos superando así la inercia de una tendencia individualista mayoritaria en nuestro sector productor. Ambos son ejemplo para otros muchos que defienden, en teoría al menos, la necesidad de unirse y colaborar para así poder ganar dimensión, diversificar o simplemente, para organizarse y ganar calidad de vida; no obstante, no dejan de ser un magnífico espejo donde sólo unos pocos se miran. Pues bien, esta cuestión y otras similares fueron las abordadas en una conferencia que di hace unos meses sobre el futuro del sector agrario vasco y fue tras plantear la cuestión de la mano de obra en nuestras explotaciones y la soledad de nuestros baserritarras, cuando a la salida de dicha exposi

La alegría de la huerta

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Hace unos 50 o 60 años, miles de personas de otras comunidades del estado español vinieron a Euskadi con el ánimo de trabajar y así labrarse un mejor futuro para sus familias. Muchos de ellos provenían de pequeños municipios rurales de Castilla, Extremadura, Andalucía o Galicia básicamente y por ello, bastantes de ellos, con el fin de aliviar la maltrecha economía familiar optaron por ocupar las riberas de los ríos, carreteras, vías de tren, etc y destinar esas tierras, muchas de ellas de propiedad difusa, a la labranza. Todos conocemos municipios vascos cuyos márgenes de carreteras, vías y ríos están abordados por estas huertas donde además de las hortalizas afloran, bastante más fácil que los champiñones, las consiguientes chabolas para aperos y demás enseres con lo que, lo que comenzó siendo unos pequeños huertos, en algunos casos acaban siendo verdaderos cortijos donde las chabolas de aperos se transforman en un coqueto refugio para el tiempo de ocio. Tanto es

Kilómetro CasiCero

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Transcurridas un par de semanas del bombazo de la OMS por el inaceptable informe sobre la relación del consumo de carnes procesadas y rojas con el cáncer, los medios de comunicación van alejando el foco de su atención a otras cuestiones (¡bendita Catalunya!) y con ello, quiero suponer que la alarma generada por el amarillismo de algunos medios, irá decayendo y consiguientemente, la situación se irá normalizando. Aún teniendo en cuenta que las altas temperaturas, inusuales para las fechas en que nos encontramos, son poco propicias para el consumo de carne, no podemos obviar que el dichoso informe ampliado por los altavoces mediáticos ha provocado un bajón en las ventas de carne y según me cuentan mis contactos sectoriales, parece ser que la bajada se ha cebado en las carnes procesadas con un descenso que ronda el 7%, en las hamburguesas y en menor medida en el resto de carnes rojas con un 3% cuyo consumo, al parecer, se ha desviado a otro tipo de carnes como el pollo y/o e

El mayorazgo de Usarraga-Berri

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Mi abuelo Patxi vio nacer a 6 de sus 7 hijos en el caserío Aztiola de Bidania (caserío ubicado en las alturas más cercano a la vecina Beizama que al propio núcleo bidanitarra) puesto que el séptimo, el más joven, Pascual (mi padre) nació en el caserío Usarraga-Berri que, éste sí, se ubicaba en la zona llama de lo que se llamaba la Universidad de Vidania. Mi abuelo, alcalde nacionalista destituido por los golpistas del 36, obró como el resto de la sociedad rural de la época y dejó todo su patrimonio, osea los dos caseríos y sus tierras, en manos de su hijo mayor, Patxi, que para eso era el indicado para personalizar la figura del mayorazgo y porque me imagino que mi abuelo observó que su hijo Patxi era muy buena persona. Por cierto, ahora que no nos oye nadie, les tengo que desvelar que como yo era su “besotakoa” (refiriéndose así al padrino que llevaba a su apadrinado al bautizo en sus brazos) mi nombre completo es “Patxi Xabier”. El mayorazgo, antiquísima costum

¡Mecaguen la OMS!

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Todos los jueves del año, salvo excepciones de fuerza mayor, ceno en la sociedad con mi cuadrilla. Llevamos un porrón de años haciéndolo y creo que es un acierto con mayúsculas porque nos permite seguir manteniendo el nexo de unión que la vida moderna y las obligaciones familiares y laborales van debilitando con el tiempo. Como se imaginarán el tiempo hace estragos, cada vez estamos más cascarrabias y muestra de ello es que, si bien hace muchos años nuestra conversación versaba sobre juergas y ligues (los que lo tuviesen), ahora, con la mayoría de nosotros alcanzando la mitad de la vida, nos dedicamos lisa y llanamente a solucionar la mitad del mundo, dejando eso sí, la otra mitad para la semana siguiente. Pues bien, este último jueves, se presentaba calentito puesto que a lo largo de la semana ya podíamos ir intuyendo el cabreo ante las noticias sobre el consumo de la carne y tanto es así, que dos de de nosotros, ya habíamos puesto el pertinente lema “Je suis Bacon/Panceta”

Amama Sebastiana

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Esta misma semana se plasmó, negro sobre blanco, en el boletín oficial de Euskadi la Ley del Estatuto de la Mujer Agricultora que previamente fue aprobada en el Parlamento Vasco por unanimidad de todas las fuerzas parlamentarias allí presentes. Sí, lo ha leído bien, extrañamente fue aprobada por unanimidad concitando el apoyo de parlamentarios de derechas, centro e izquierda, sean nacionalistas vascos o nacionalistas españoles. El Estatuto recoge una serie de principios, teóricos y generalistas, de apoyo a la mujer agricultora y de fomento de políticas de igualdad para poder visibilizar el hasta ahora “invisible” trabajo desempeñado por estas mujeres, heroínas del día a día y verdadero pilar del caserío. Conozco de primera mano, no tengo más que recordar a mi querida abuela Sebastiana, de numerosos ejemplos donde el marido era el verdadero señorito de la finca, el que acudía a la feria semanal, el que mantenía las relaciones públicas con las fuerzas vivas (ayuntamiento,

El calentón final

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Bochorno es la sensación que se me impone al ver el anuncio de una multinacional alimentaria publicitando un caldo industrial como “caldo casero” puesto que con dichas denominaciones no provocan más que el escepticismo de los consumidores así como una banalización de los términos y , por extensión, de los mismos productos. ¿Cómo se puede llamar “casero” a un producto elaborado en una fábrica, mediante procedimientos industriales y en cantidades ingentes? No quisiera ser inocente o ingenuo pero creo que el término “casero” debiera reservarse a aquellos alimentos producidos y/o elaborados en casa o en el caserío y , por eso mismo, creo que este caso del supuesto caldo casero es un claro ejemplo de engaño y/o fraude al consumidor donde empresas industriales se apoderan de dicha terminología que, lógicamente, no les corresponde. Algo similar ocurre, al parecer, en el mundo de la restauración de hoy en día con numerosos establecimientos de “cocina casera” dedicados en cuerpo