Griterío en la plaza
Letrero. Dice mi amigo ataundarra que deje de utilizar el término de juntaletras porque, al parecer, en su entorno, tiene un matiz despectivo, o cuando menos, un sentido de baja autoestima al subestimar la labor, siempre según este amigo, de la labor divulgadora que realizo con estas filípicas dominicales y que, según él, debiera cambiar el término juntaletras por el de letrero. Mucho más apropiado, siempre, y por mucho que me suene raro, según él.
Por otra parte, me comentan que un gobierno autonómico se ha dirigido a los responsables de la Diputación Foral de Gipuzkoa, mostrando su interés por conocer mejor las ayudas a los servicios ecosistémicos que prestan los baserritarras a la sociedad pero, lo verdaderamente alucinante, es que dicho gobierno se ha enterado de dichas ayudas ecosistémicas al haber leído mi artículo “La maquina oruga” en el que hacía mención de ellas.
Como comprenderán, entre unos y otros, han subido unos cuantos escalones mi autoestima, me tienen henchido de orgullo y como consecuencia, este verano deberé utilizar camisas un par de tallas más grandes para no ir marcando michelín. Lo injusta que es la vida, toda la vida haciendo dieta y ahora que me mantengo, llegan éstos y me inflan hasta la XL.
Inflados de orgullo, mejor dicho, subiditos de tono andan algunos grupos conservacionistas austríacos que han decidido denunciar a un ganadero de la región de Carintia que, harto de ataques por lobo y de la poca eficacia de las medidas hasta entonces aplicadas (cercados electrificados y rediles nocturnos, perros protectores, localizadores con GPS, etc.) , ha decidido probar una medida novedosa que consiste en colocar a cada animal una malla protectora, a modo de armadura medieval, que tiene pinchos con los que protegerse de los lobos. Pues bien, como decía, además del engorro que supone vestir la malla a las ovejas, que puede seguir una vida animal normal e incluso amamantar sus corderos, el pastor en cuestión ha sido denunciado por un grupo conservacionista bajo la excusa de que se incumple la normativa de bienestar animal, es decir, que en su opinión, el pastor maltrata su rebaño.
Mucho me temo que, malpensado que es uno, que lo que verdaderamente importa a los conservacionistas denunciantes es que el invento triunfe, se generalice y como consecuencia, el lobo que defienden, se quede sin alimento. Así de fuerte.
Y es que la cosa está muy rara, muy tensionada y algunas gentes, algunos colectivos, dan más importancia al devenir de la fauna salvaje que hace la vida imposible de los ganaderos que a éstos mismos y saltan como un muelle, cada vez que algún ganadero se atreve a proteger su rebaño o a mostrar los daños sufridos en sus redes sociales con el objetivo de dar a conocer lo que están viviendo. La organización ENBA, reitero, en la que yo trabajo, ha sufrido numerosos bloqueos y apagones informativos por las grandes redes sociales (Tik Tok, Facebook, Instagram, etc), sólo por el hecho de mostrar los daños ocasionados por lobos y buitres en la cabaña ganadera, mientras observa que esas mismas redes consienten que se publiquen todo tipo de barbaridades que, eso sí, no agreden su sensibilidad animalista.
Esta misma semana, los responsables de Tik Tok han eliminado una foto de unas vaquillas en una plaza intentando pillar a unos jóvenes, una foto con la que se informaba sobre la polémica generada en la villa armera, Eibar, tras la decisión municipal de incluir unas pocas sesiones de sokamuturras (suelta de vaquillas). Al parecer, grupos animalistas de la villa, cercanías y lejanías, han impulsado una moción para que se retire la sokamuturra del cartel festivo y algunos grupos, EHBILDU, PODEMOS y EAJ-PNV han amparado su debate en pleno extraordinario. Veremos en qué queda la cuestión, puesto que los dos primeros grupos han manifestado claramente que votarán a favor de la retirada y el tercero, EAJ-PNV, ha informado que su voto era únicamente, por ahora, para permitir el debate. Veremos cómo se posicionan finalmente.
En una sociedad cada vez más urbana y alejada del mundo rural, del sector primario y de todo lo que tenga un toque agrorrural, algunos elevan el grito al cielo cuando se ordeñan las vacas por el sufrimiento que se les genera, cuando las ovejas pastan solas en el monte por el abandono que sufren y así, suma y sigue, en una sociedad donde una parte de la población el único animal que conocen es su mascota y por lo tanto, todo aquel animal, que no sea tratado como su querida mascota (camita, mantita, gabardina, termostato a 22º, juguetes, pastas para el sarro, etc.) es, según ellos, maltratado y dicho en fino, se incumple los parámetros del bienestar animal.
La sokamuturra, la suelta de vaquillas, etc. son eventos festivos legales enraizados en la cultura rural y ganadera que algunos quieren borrar del mapa y parte intrínseca de nuestra cultura tradicional que con los sucesivos cambios legales ha ido adaptándose a las cambiantes normativas, principalmente de bienestar animal y seguridad para las personas, por lo que es incomprensible que algunos municipios y algunos partidos políticos se aferren a ese mal llamado discurso animalista que lo único que pretende es erradicar de la faz de la tierra todo animal que bien se utilice para la producción ganadera bien se utilice para estos actos festivos mientras les hacen ojitos, bien por convicción bien por instinto gregario, a estos discursos de Disney donde los animales son tratados como las personas.
La sokamuturra y otros eventos similares son el principal acto en las fiestas patronales de muchísimos municipios y barrios rurales, muchos de ellos gobernados por esos partidos políticos que se oponen o se abstienen en el momento de normativizar la actividad, y por cierto, una tradición que, sorprendentemente, está cada vez más presente en cada vez mayor número de municipios que van, poco a poco, recuperando esta tradición y lo que más llama la atención es que esta recuperación viene de la mano de la gente joven.
Espero que alguien recapacite, sitúe el debate en los límites de la sensatez y nadie se deje arrastrar por el griterío de unos cuantos radicales. Lo digo en mi nombre, en nombre del sector ganadero afectado y en nombre, quizás arrogándome lo que no me compete, de esos municipios y barrios rurales, y sus habitantes, pocos, silenciosos, comedidos, tolerantes, pero, en definitiva, tan buenos o malos como los que tanto gritan.
Xabier Iraola Agirrezabala
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