TORKEMADA

Demasiado Tarde

2016-07-10

La cabaña del abuelo de Heidi



Inma y Mikel, acompañados de sus hijos, se dirigían al monte a lomos de unos bellos corceles con el objetivo de gozar del aire puro de las montañas y ejercitar la equitación, el deporte favorito de la familia, pero héte aquí que uno de los corceles tuvo un traspiés ocasionado por el mal estado de conservación del camino y el corcel en cuestión sufrió una aparatosa caída que lo que apuntaba maneras de ser un gozoso día de ocio acabó con el corcel rodando cuesta abajo con el consiguiente peligro para los integrantes de la familia.

Dejando la recoña aparte, les tengo que aclarar que el aparatoso accidente tuvo lugar hace unas pocas semanas, no en una excursión para disfrutar de la equitación, sino en el momento en que una joven familia de pastores se dirigía, acompañados de sus hijos, a la borda de la sierra de Aralar para llevar sobre una yegua (bastante más práctica que un bello corcel) el material necesario para sus labores pastoriles a lo largo del verano. Por cierto, habrán caído en la cuenta, que estos pastores deben recurrir a una yegua para acarrear sus cosas puesto que la borda asignada no cuenta con un camino o acceso habilitado para el uso, al menos, de vehículos todo-terrenos.

No es una situación exclusiva de esta borda si no que afecta a bastantes bordas que utilizan los pastores y ganaderos en general para poder gobernar con una cierta dignidad y calidad de vida mínimas el ganado en las sierras y montañas, tanto en la propia sierra de Aralar como en otras sierras montañosas, de Euskadi y otras zonas del Estado (no quisiera olvidarme de los pastores de Picos de Europa) que sufren en sus propias carnes las consecuencias de la ceguera de las políticas conservacionistas implementadas en los espacios naturales protegidos por responsables políticos (bien por incapacidad bien por pasotismo) y jaleados, orientados y/o acosados por colectivos naturalistas que pretenden dirigir el futuro de las montañas desde el confortable despacho ubicado en la urbe.

No es la primera vez, ni lamentablemente será la última, que me refiero a la ceguera de estos responsables, unos y otros, unos por acción y otros por omisión, que son incapaces de fomentar una verdadera política de conservación de los espacios naturales sustentada en....


 las labores agroganaderas que tradicional e históricamente vienen desempeñando los lugareños frente a posicionamientos inmovilistas que pretenden impulsar la foto fija del paisaje, incluido el lugareño, sin caer en la cuenta que la falta de gestión, especialmente la gestión ganadera pero sin olvidar por ello las labores forestales, nos lleva, irremediablemente al abandono.

Por suerte, los actuales gestores forales no quieren quedarse de brazos cruzados y aunque todos reconocemos los avances dados en accesos y bordas, no podemos resignarnos porque mientras hay numerosos pastores y ganaderos, verdaderos gestores de las montañas y protagonistas últimos de la biodiversidad que campa en estas latitudes, que no cuentan ni con acceso rodado a sus bordas (muchas de ellas en situación, más o menos, precaria para la práctica ganadera y para poder acoger con dignidad a sus moradores), todavía aún, hay colectivos conservacionistas, ecologistas o como demontres se quieran hacer llamar que, añorando quizás la imagen del abuelo de Heidi en los Alpes, pretenden impedir que los responsables gestores de dichos espacios (ayuntamientos, mancomunidades, parques naturales, etc) puedan acometer los trabajos que nuestros pastores, ganaderos y gente del bosque requieren para poder trabajar y vivir en y de estas montañas.

Nuestros pastores, históricamente, han acudido en época estival a los pastos montanos desde sus explotaciones ubicadas en el fondo de los valles con el ánimo de aprovechar los sabrosos pastos de la montaña y así, con un coste casi nulo, lograr una alimentación sana y barata para la cabaña ganadera (en el caso ovino protagonizado por la raza latxa, autóctona pero de escasa productividad frente a razas foráneas orientadas a un manejo intensivo) que, inherentemente, tal y como lo reconoce un profundo estudio elaborado por el grupo universitario de investigación liderado por Arantza Aldezabal bajo el nombre “Ecología del pastoreo e interacción suelo-planta-herbívoro” , gestionar amplias zonas de nuestro territorio.

El informe universitario recoge en sus conclusiones, literalmente, “El pastoreo de montaña, además de generar un importante impacto social, cultural y ambiental en su entorno, es clave también para el mantenimiento de los pastos, que son un patrimonio natural de gran valor ecológico. Por ello, el descenso de esta actividad, hecho que se está produciendo actualmente de forma progresiva en toda la montaña atlántica, incluido el País Vasco, trae consigo unos importantes cambios en la composición vegetal y microbiana del suelo y, por lo tanto, una pérdida en la diversidad florística y en la calidad nutritiva del pasto, así como un aumento de las emisiones de CO2, lo cual tendría numerosas consecuencias en cadena que afectarían, incluso, al ámbito socio-económico”.

Pues bien, después de leer este informe y conocidas las condiciones que nuestros pastores y ganaderos viven y trabajan en la sierra, me surgen dos preguntas: ¿cree alguien que la actividad pastoril en la sierra resultará atractiva para los jóvenes pastores y ganaderos? Y después de todo ello, ¿hay alguien que se muestre contrario a mejorar, al menos razonablemente, sus condiciones de vida y de trabajo?. Lamentablemente, me temo que alguno habrá pero espero que no sea lo suficientemente convincente para paralizar la acción de los gestores.


Xabier Iraola Agirrezabala

1 comentario:

Vicent Estruch dijo...

Desgraciadamente cuando el ecologismo se vuelve religión, sus adeptos no razonan (la religión es cuestión de fe) y encima sus sacerdotes lo son de salón, el fanatismo campa por sus anchas con lo cual las consecuencias para la gestión del territorio son desastrosas.