El Paseo de la Castellana en llamas

 




Las vacaciones de este año pasarán a la historia como aquellos días en los que toda la familia se implicó en el cuidado de mi cuñado Aitor que, tal y como les comenté hace un par de artículos, tras una caída, no está pasando por una de sus mejores rachas. El arrope familiar y la excelente atención de la sanidad pública vasca, Osakidetza, han sido parte de la solución. Mi agradecimiento para toda Osakidetza, desde el personal del ambulatorio de Armintza, los conductores de ambulancias, personal del Hospital de Urduliz hasta el mismísimo consejero de Sanidad, Alberto Martínez. Tenemos un sanidad de la que debiéramos estar orgullosos.

Pues bien, si bien en el último artículo, apunté que mi vuelta a los ruedos sería en el mes de septiembre, las quemaduras internas provocadas por el asfixiante clima político a cuenta de los incendios, al igual que a muchos políticos que se han visto a volver de sus vacaciones, me han obligado a adelantar mi actividad de juntaletras para hacerles llegar mi humilde opinión.

El bochornoso espectáculo que han y están protagonizando algunos responsables políticos no tiene un pase. Las primeras llamas en el monte fueron la excusa de la que se valió el ministro, Oscar Puente, auténtico pirómano de la palabra que se cree que los problemas se solucionan con un ocurrente tuit cuyo único objetivo es incendiar la escena política, protagonizar los titulares de prensa y convertirse en lo más viralizado de las redes sociales. Flaco favor.

La cerilla del ministro provocó que los responsables tanto autonómicos como estatales del PP salieran en tromba y desde entonces, aquí estamos, inmersos en una vergonzante pelea de mangueras, para ver quién la tiene más larga, hidroaviones, bomberos, voluntarios, etc. En definitiva, una pelea sobre como sofocar los fuegos cuando lo verdaderamente importante es tratar sobre las causas que los motivan y en esto, nadie, ni los azules ni los rojos, y menos aún los verdes, los señoritos a caballo, nadie dice ni pío, no vaya a ser que la gente, el pópulo, caiga en la cuenta de los errores cometidos en las últimas décadas, por fijar algún límite temporal, que han provocado que tengamos este paisaje calcinado.


El cambio climático, por introducir un elemento que unos utilizan para todo y otros rechazan por ceguera, agudiza y aumenta las consecuencias de los incendios pero en la base de los incendios se halla, repito, en mi opinión, una falta de ordenación territorial que ha permitido y agudizado la difícil situación de la españa vacía, vaciada y/o vacilada: un abandono del medio rural al que se le ha robado cualquier esperanza de vida y eliminado todo atisbo de futuro para su juventud; un ninguneo del sector primario en su conjunto, tanto agricultores, ganaderos como forestalistas, un sector cada vez más reducido y condenado a vivir sin rentabilidad y particularmente, un desprecio hacia la ganadería extensiva que, si bien teóricamente cuenta con el respaldo de todos los partidos e instituciones, en el día a día, se ve obligada a sobrevivir, además de con la falta de rentabilidad, sometida a ataques de lobos, buitres, corzos, y demás animales salvajes.

No lo digo yo, documentos oficiales de la Comisión Europea recogen que la renta agraria media europea es el 60% de la renta media europea en el conjunto de las actividades económicas, es decir, si nos atenemos a lo que recoge el Comité Europeo de Derechos Sociales, que afirma que el SMI (salario mínimo interprofesional) debe alcanzar, como mínimo, el 60% del salario medio del país, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que los agricultores europeos se sitúan al nivel del SMI.

Por otra parte, el estado español lleva décadas configurándose en un donuts donde el centro, Madrid, como califica algún autor, Madrid Distrito Federal, succiona toda la actividad económica, institucional, población joven y esperanza de vida de todos sus alrededores, esos territorios que conforman el segundo círculo, vacío, la españa vacía, territorios a los que se recurre para ubicar aquellas instalaciones, infraestructuras, energías renovables, que la gran capital rechaza para sí y finalmente, el círculo costero que conforman los territorios costeros del Mediterráneo o del Cantábrico.

En definitiva, ¿de qué valen estas peleas de mangueras sobre cómo apagar el fuego si, previamente, de forma ordenada, intencionada y sistematizada, durante décadas, hemos negado toda esperanza a esos territorios? Señores políticos, rojos y azules, azules y rojos, dejen de tomarles el pelo a la gente y comiencen a asentar las bases de un futuro para estos territorios, por que de no hacerlo, el siguiente incendio no habrá Dios que lo pare y arderá, hasta el mismísimo Paseo de la Castellana.

Xabier Iraola Agirrezabala


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