Servidores públicos

 






He vuelto a discutir con mi amigo Juan Miguel, autónomo donde los haya, cuando ha vuelto a rematar la comida entre amigos con su afirmación de que a los funcionarios se les llama así porque no se les puede llamar trabajadores. Le respondo que, a lo largo de mi dilatada vida profesional y política, he conocido a muchísimos funcionarios, excelentes empleados y grandes trabajadores que con su ejemplo diario demuestran que son unos magníficos servidores públicos.

Ahora bien, con el objetivo de que mi amigo no se venga muy arriba, me callo para mí los también numerosos casos en los que determinados funcionarios, una vez asentados en la plaza, más que servidores públicos son personas que se sirven de su puesto para hacer de su capa un sayo y que tratan a sus clientes, los ciudadanos de a pie, como si fuesen subordinados.

No quiero decir con esto que se aprovechen del cargo para beneficiarse o lucrarse personalmente, pero sí que los hay que, más que para servir al ciudadano, adoptan una actitud autoritaria; de aquellos que miran al ciudadano de arriba abajo y que se lo pasan bomba aplicando la legislación, el decreto, orden o normativa un poco más allá de la rajatabla para, en vez de facilitar, complicar la vida del ciudadano. Ellos —vuelvo a repetir que no es algo generalizado, aunque sí habitual en algunos empleados públicos— se escudan en el boletín, interpretan a su manera la norma, el punto y la coma, y aplican, según su leal parecer, la ley, sin tener en cuenta las consecuencias de su interpretación o decisión.

Particularmente en el ámbito primario, es decir, en lo relativo al sector primario, contamos con una lista bastante numerosa de técnicos y guardas que, como decía antes, más que facilitar la actividad agraria (incluyendo en ella, como es lógico, la actividad forestal), se dedican a entorpecer, dificultar, retrasar y eternizar las labores diarias de la gente del campo donde, además de la climatología y del estado de las plantas o el ganado, están muy pendientes del pie con el que se levante el empleado público de marras. Se saben autoridad y la ejercen. Se saben servidores públicos, pero frecuentemente lo olvidan y, por ello, con un constante goteo de pequeñas decisiones, interpretaciones y cuestiones, ningunean al profesional del campo y lo vuelven loco.

Los hay, incluso, que se valen de su posición para, como decía, a través de su acción o inacción, impulsar un modelo de sector que ellos albergan en su mente y una actividad agraria, ganadera y forestal que encaje con su idea preconcebida de lo que tiene que ser el sector primario y la actividad productiva. Si no le gusta, multa. Si le gusta, alfombra roja.

Este modo de actuación es patente, recurrente y evidente en todo aquello en lo que la actividad productiva (agraria, ganadera y forestal) limita o comparte con la cuestión medioambiental; y por eso mismo, los profesionales del sector están más que hartos de un cuerpo funcionarial cada vez más medioambientalista y más alejado del sector primario. Por cierto, ese sector que, con su actividad productiva, mantiene, cuida y mima las praderas, bosques y montes que tanto aprecia la sociedad en su conjunto.

Esta filípica de hoy es especialmente difícil para mí, particularmente porque la gente buena que tenemos entre el funcionariado se sentirá, injustamente, señalada, mientras los otros, aquellos a los que quisiera pegar un tirón de orejas, no se darán ni por aludidos. Primero, porque ni lo leerán; segundo, porque responderán con una sonrisa burlona y, finalmente, cerrarán aún más la puerta de su despacho diciendo aquello de: «¡A mí me va a enseñar un juntaletras lo que tengo que hacer!».

No quisiera, como decía, señalar ni reprochar a nadie en especial. Lo único que pretendo es, ingenuamente quizás, que los empleados públicos y los profesionales del campo dejen de verse mutuamente como enemigos; más aún cuando la vulnerabilidad del sector y del medio en el que viven y trabajan requiere de un trabajo conjunto en pro de un sector primario más vivo, más rentable, más dinámico y más sostenible.

Por el bien de todos, pero muy especialmente por el bien del sector primario y del medio natural, esforcémonos en trabajar de la mano y, permítanme la licencia, para ello el primer paso lo debieran dar los empleados públicos que, por mucho que se enfade mi amigo Juan Miguel, no deben olvidar que son servidores públicos.



Xabier Iraola Agirrezabala


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Rigor, empatía y realidad

Resulta ciertamente llamativo leer reflexiones que, bajo una aparente búsqueda de concordia, acaban recurriendo al viejo y socorrido cliché del funcionario inflexible que disfruta complicando la vida al ciudadano. Como técnico de una Oficina Comarcal Agraria (OCA) en Gipuzkoa, conozco de primera mano la realidad del sector primario y, precisamente por ello, creo que el debate merece más rigor y menos estereotipos de sobremesa.

1. Empatía real con el baserritarra: Entiendo el cansancio

Vaya por delante mi absoluta empatía con los profesionales del campo vasco. En Gipuzkoa, el relevo generacional, la compleja orografía, los costes de producción y la asfixia de los precios de mercado hacen que mantener vivo un baserri sea un ejercicio de heroísmo diario. Entiendo perfectamente que un agricultor o ganadero, cuyo hábitat natural es la tierra y el ganado, sienta frustración ante la creciente montaña de trámites, cuadernos digitales y normativas que llegan desde Bruselas, Madrid o Vitoria. La burocracia cansa, y mucho. En eso estoy de acuerdo.

2. La defensa del sector la ejerzo desde dentro

Sin embargo, pintar a la administración como un ente inquisidor y ajeno al sector me parece profundamente injusto. En mi día a día en la Oficina Comarcal Agraria no me limito a "aplicar el decreto a rajatabla" para entorpecer. Al contrario:

Soy el escudo y el canal: Gran parte de mi trabajo diario consiste en traducir esa compleja maraña normativa europea para que el ganadero no pierda sus ayudas de la PAC, en buscar soluciones técnicas viables para sus explotaciones y en tramitar indemnizaciones y subvenciones que son vitales para la rentabilidad de sus negocios.

La norma es garantía de viabilidad: Cuando fiscalizo rigurosamente una explotación o una masa boscosa, no lo hago por capricho ni por "el pie con el que me haya levantado". Lo hago porque el equilibrio medioambiental es la única garantía de que Gipuzkoa siga teniendo un sector primario sostenible mañana. Un monte mal gestionado o un acuífero contaminado hoy es la ruina del sector para las siguientes generaciones.

La defensa del sector primario no la ejerzo únicamente con pancartas; la ejerzo de forma silenciosa cada mañana en mi ventanilla y en mi despacho, asegurando que los recursos comunes se gestionen con la transparencia que exige la ley.

3. Pensamiento crítico frente a clichés de brocha gorda

El autor del artículo nos acusa de "ningunear al profesional del campo", refugiándose en anécdotas para lanzar una sospecha generalizada sobre todo mi colectivo. Yo prefiero apelar al pensamiento crítico de cada agricultor, ganadero y silvicultor de nuestro territorio.

Invito a cada lector a que juzgue mi labor y la de mis compañeros no por las fábulas de barra de bar, sino por su propia experiencia real:

¿Qué ocurrió la última vez que acudió a su OCA de referencia para tramitar una ayuda por daños de fauna silvestre, para legalizar una instalación o para solicitar mi asesoramiento ante una inspección?

¿Encontró a un burócrata "pasándoselo bomba complicándole la vida" o a un profesional técnico intentando encajar sus necesidades dentro de los márgenes que permite la legalidad vigente?

La ley es estricta, sí, y yo no puedo saltármela —hacerlo no sería empatía, sería prevaricación—. Pero dentro de ese marco legal, mi empeño diario es facilitar las cosas, no entorpecerlas.

Es muy cómodo exigir que seamos los empleados públicos quienes "demos el primer paso" para evitar vernos como enemigos, presuponiendo que soy yo quien alimenta esa barrera.

En Gipuzkoa, el sector primario y la administración no somos dos bandos enfrentados. Somos dos engranajes del mismo motor. Para trabajar verdaderamente de la mano, el primer paso es el respeto mutuo y el abandono de caricaturas simplistas. Como técnico de la administración pública, seguiré aquí, ley en mano y vocación de servicio en el pecho, trabajando para que nuestros montes y nuestros baserris sigan teniendo futuro. De tú a tú, con rigor y con mi puerta siempre abierta.

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