Diputados paracaidistas

 



El 29 de noviembre es la fecha elegida para celebrar la gran batalla. La batalla electoral para elegir a los diputados al Congreso —sin olvidarme del Senado— y posteriormente, en función de las mayorías o minorías, de acuerdos o desacuerdos, la elección del presidente (no hay candidata alguna con posibilidad de alcanzar la presidencia) del Gobierno central.

Estos últimos días, con el culo prieto y asfixiados, calculadora en mano, los partidos políticos andan cerrando las listas electorales al Congreso y al Senado. En el Senado, por cierto, estamos observando los acuerdos más sorprendentes, tanto en la izquierda (PSOE-Frente Amplio) como en la derecha (PP-Vox), con el objetivo, por parte de los primeros, de impedir una gran mayoría absoluta de la derecha y, por parte de los segundos, literalmente, de derrocar al sanchismo.

Unos y otros, hasta ahora, no le habían hecho caso alguno al Senado, al menos más allá de lo que procedimentalmente se le atribuye a dicha institución en la aprobación de leyes y normativas. No sabían qué hacer con el Senado ni para qué servía, más allá de decir que era una cámara territorial; pero he aquí que, esta última legislatura, han caído en la cuenta de que, forzando la maquinaria legal, el Senado puede ser una magnífica palanca para tocar los bemoles al Gobierno central y, de paso, conseguir el protagonismo perdido en el Congreso. Además, ambos bandos son sabedores de que lograr, o impedir, una mayoría de tres quintos de la cámara senatorial tiene su consecuencia en la elección de magistrados al Tribunal Supremo. Por lo tanto, tendremos que asumir que alguien le ha encontrado su utilidad al Senado. No hay mal que por bien no venga.

En la otra institución, el Congreso de los Diputados, la pelea y/o los acuerdos se han dado en el seno de cada formación política, donde se observan movimientos en los puestos de salida para asegurar que los más fieles al aparato partidista tengan el escaño asegurado, mientras que los protestones, los templados y las promesas quedan para mejores ocasiones y/o relegados a las sustituciones que se dan a lo largo de la legislatura.

Creo que no es la primera ocasión que cito la idoneidad del sistema electoral británico, donde, en la Cámara de los Comunes, son elegidos 650 diputados en representación de 650 circunscripciones; en cada una de ellas se elige un único representante, de forma directa y nominal, y así, el más votado —aunque sea por un único voto— acapara la total representación de esa circunscripción en la Cámara. Además, los diputados reparten su semana en dos momentos: por una parte, su trabajo en el Parlamento de Westminster (legislación), y por otra, el trabajo en su oficina local, donde se dedican a la atención directa a los ciudadanos.

Esto conlleva que los diputados, más allá de la ideología que les caracteriza, voten en los diferentes asuntos en función de los intereses de los electores de su circunscripción, evitando votar, obligados por la férrea disciplina partidista, a favor de asuntos contrarios a su zona.

Tienen que elegir: o quedar bien con el partido político y arriesgarse a que no le propongan para la siguiente contienda, o quedar mal con los ciudadanos de su circunscripción y arriesgarse a que en la próxima ocasión le nieguen su voto y se queden fuera de la Cámara. Dicho llanamente: lealtad al partido o lealtad al terruño.

Pues bien, ligado a esta lealtad al terruño, me ha llamado poderosamente la atención una información periodística que afirmaba que el Partido Popular ha optado por llenar sus listas electorales de cargos públicos como alcaldes, consejeros autonómicos, etc., personas estrechamente vinculadas al territorio, y con ello descartar a esos candidatos paracaidistas que aterrizan en el territorio cada cuatro años o a esos diputados cuneros que, aun viviendo desde hace muchos años en Madrid, apelan a sus ancestros provenientes de «provincias» para reclamar un puesto de salida por una provincia que desconocen.

Los hay a patadas en casi todos los partidos políticos, pero muy especialmente en los grandes. Los pequeños o los nacionalistas, dado su limitado ámbito de acción, no tienen margen alguno para este tipo de jugarretas.

Ahora bien, si bien soy contrario a que los partidos políticos propongan a la sociedad este tipo de diputados paracaidistas y/o cuneros, no es menos cierto que la aceptación de esta jugarreta por parte de los electores y la elección de estos representantes que desconocen la realidad de la provincia que —al menos teóricamente— representan, hace que los votantes sean, sin querer herir a nadie, cómplices de esta fatal práctica y de que los partidos, viendo la pasividad de los electores, la mantengan en el tiempo.

De nada vale quejarse de la España vaciada, vacilada, ninguneada, etc., si luego, cuando hay que elegir representantes por esos territorios, los cuarteles centrales —todos ellos en Madrid— vacilan a sus bases y les imponen diputados paracaidistas y/o cuneros que, en el mejor de los casos, abrirán la casa familiar (si aún la mantienen) en las vacaciones estivales.

Ya lo decía aquel: ¡Tenemos lo que nos merecemos!


Xabier Iraola Agirrezabala

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