Dormirse en los laureles
Mis amigos molineros son miembros del prestigioso sanedrín que se reúne semanalmente en la sociedad gastronómica: un verdadero foro de debate de altísimo nivel intelectual que, en pocas palabras, se ha constituido en un faro de sabiduría que deslumbra al común de los mortales.
Pues bien, como decía, mis amigos molineros pertenecen a una familia numerosa que, seguramente, hoy en día sería calificada como la típica familia opusina. La cuestión es que, cuando se reunían alrededor de la mesa para almorzar, los progenitores le decían al hijo o hija que se despistaba la sentencia «egon hadi lo, eta jango duk mehe» («estate dormido y comerás escaso»).
Y es que andar espabilado en una mesa con muchos —demasiados— comensales es algo vital si uno quiere salir adelante. Algo similar ocurre a nivel de la Unión Europea, donde observamos cada vez más comensales (más Estados miembros) que se acercan a la mesa de la Política Agraria Común europea, la dichosa PAC; precisamente, una PAC que cuenta con un presupuesto menguante para satisfacer a los comensales.
En estos momentos, la UE está perfilando las líneas maestras de la PAC para el periodo 2028-2034 y ya tenemos sobre la mesa numerosos documentos que nos hablan de las directrices para este nuevo periodo. Aunque, siendo realistas, hay un aspecto previo que conviene dilucidar lo antes posible: el presupuesto con el que contará la PAC en el periodo 2028-2034.
Resulta, por otra parte, que el presupuesto de la PAC depende de los fondos con los que la Unión Europea se dota para dicho periodo: eso que llamamos el Marco Financiero Plurianual (MFP). Este no deja de ser un presupuesto plurianual, de apenas un 1 % del PIB, donde los mandamases europeos recogen los objetivos, las políticas sectoriales y la asignación económica a cada uno de ellos.
Hasta el momento, a pesar de que su presupuesto iba descendiendo progresivamente en cada periodo y en cada MFP, la PAC no ha dejado de ser el capítulo más importante del presupuesto europeo en tanto en cuanto —no lo olvidemos— es, además de la primera, la única política verdaderamente común a nivel de la UE. No obstante, a modo de nuevos comensales ávidos de comerse una parte de la tarta presupuestaria, aparecen las políticas de defensa, inmigración, innovación industrial, etc., que, como imaginará, quieren llevarse algo a la boca. Lógica, pero lamentablemente, lo que se lleven ellos se lo restarán a la, hasta ahora, predominante política agraria.
En esta tesitura, el canciller germano Friedrich Merz encabeza la negativa del bloque de países frugales —adjetivo calificativo finolis al que se recurre por no llamarlos directamente países tacaños—, que se cierran en banda a cualquier fórmula de incremento del presupuesto europeo: ni aprobando nuevos impuestos europeos con los que lograr mayores ingresos para la bolsa común, ni rascándose la cartera para incrementar la aportación que cada país hace a las arcas comunes.
Estimado lector, como se imaginará, si el presupuesto común no aumenta, el correspondiente a la PAC tampoco. Si la UE cada vez cuenta con más países entre los que repartir dicho presupuesto —teniendo en cuenta que las incorporaciones de los últimos años corresponden a países más pobres que la media y, por lo tanto, netamente perceptores de fondos—, y si la UE con apenas un 1 % del PIB quiere atender nuevas necesidades o prioridades como la defensa, la inmigración o la competitividad industrial, en consecuencia, la Política Agraria Común saldrá debilitada, nos digan lo que nos digan. Con ello se debilitará la parte de la renta de los productores proveniente de las ayudas directas de la PAC, que en algunos subsectores representa un porcentaje nada despreciable.
Llegados a este punto, el quid de la cuestión, una vez más, radicará en cómo reducir el número de productores perceptores de las ayudas. Para ello no hay mejor fórmula, ni más directa, que atinar en la definición de «agricultor activo», que no es más que la definición oficial de aquella explotación individual o asociativa con derecho a percibir las ayudas de la PAC. Así, ajustando dicha definición mediante la limitación del tamaño de las explotaciones (tanto por arriba como por abajo), su grado de profesionalidad o su dedicación a la actividad —sean agricultores de dedicación completa o pluriactivos (mixtos), etc.—, tendremos el perfil del beneficiario prioritario: profesional, familiar, de montaña, diría yo si nos preguntasen.
Por cierto, la semana pasada acudí a una reunión con la eurodiputada popular Carmen Crespo, exconsejera andaluza del ramo, donde, con meridiana claridad y gran conocimiento de la materia, afirmó cuestiones como que el debate sobre el Fondo Único por países era ya un debate cerrado, que prefería una prórroga del actual MFP antes que un mal MFP, que las ayudas acopladas en ganadería estaban garantizadas y que las cooperativas agrarias han quedado arrinconadas, por ahora, en el diseño de la nueva PAC.
A lo dicho: no hay tiempo para dormirse en los laureles.

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