La trastienda de Maricarmen
Maricarmen. La ya fallecida
Maricarmen nos ha dolido a todos. Verla salir de casa en la camilla,
con 87 años, una gran dependencia, etc., nos ha tocado la fibra
puesto que todos y cada uno de nosotros hemos visto en ella a nuestra
madre o abuela. En su rostro hemos visto el reflejo del capitalismo
más salvaje y, como decía, nos ha tocado la
fibra.
Lamentablemente, solo nos ha preocupado; no tanto,
ocupado. Y es que la solución de la problemática de la vivienda
tiene multitud de aristas en un Estado donde la población se ha
incrementado notablemente —5 millones más en los últimos 20 años,
pasando de 45 a 50 millones de habitantes—, en una inmensa mayoría
por la aportación de personas nacidas en el extranjero. A ellos hay
que sumarles el crecimiento exponencial en la entrada anual de
turistas internacionales, que ha pasado en los últimos 20 años de
58 millones en 2006 a los 96,8 en 2025 que, para más inri, en
aproximadamente un 15 % recurren a viviendas de uso turístico que
compiten con el mercado de vivienda habitual. Súmele a ambos datos
que aproximadamente un 33 % de la población estatal cuenta con una
segunda vivienda (entre ellas, la mía de Armintza) y que el ritmo de
construcción de viviendas por año, unas 130 000, es claramente
inferior a la demanda, unas 200 000. Como decía, una realidad muy
compleja y muy difícil de solucionar, más aún si el problema no se
afronta desde un cierto consenso social e institucional y con un
esfuerzo sostenido en el tiempo que vaya más allá del calentón
coyuntural.
Mientras esto ocurre, principalmente en las
ciudades y áreas colindantes que padecen la presión de las personas
expulsadas de las ciudades, en el Estado son cientos de municipios
rurales los que languidecen, en el mejor de los casos, hasta su
mínima expresión. No es inhabitual observar, a poco que se viaje
por las carreteras locales de Castilla, Aragón y amplias zonas de la
cornisa cantábrica (Galicia, Asturias, etc.) —y del que tampoco
escapan ni el Pirineo navarro ni comarcas de Euskadi—, pueblos y
aldeas que han muerto, nunca mejor dicho, en el intento de sobrevivir
a la huida de sus jóvenes hacia las ciudades. Según el INE,
actualmente existen algo más de 3000 núcleos completamente
abandonados y otras 1800 aldeas con un único habitante; no hay que
ser el lucero del alba para adivinar la edad media de esas
personas.
La baja o nula tasa de natalidad en poblaciones
diminutas con una población envejecida rompe, más allá del propio
sector primario, el relevo generacional en el conjunto de la
población, a lo que habría que sumar un progresivo debilitamiento
de la actividad agraria, cada vez más concentrada en explotaciones
mayores y mecanizadas cuyo titular, en muchos casos, vive en la
ciudad o cabecera de comarca. Y, además, la infernal dinámica de la
pescadilla que se muerde la cola: la gente se marcha por falta de
servicios y los servicios, con su marcha, se debilitan aún más y
acaban, lógicamente, a falta de adaptar los ratios para mantener los
servicios a la diminuta entidad, por desaparecer.
Tanto es
así como decía mi amiga Marta en un artículo reciente de
Agrodigital: «Gente que pide casas y casas que piden gente», una
triste paradoja que se da en el país donde millones de personas que
viven en las urbes tienen un gran problema para adquirir una vivienda
mientras, como decía antes, miles de núcleos rurales van poco a
poco apagando la luz de sus casas y, con ello, desaparecen del
mapa.
Mientras tanto, las administraciones carecen de una
verdadera política de ordenación territorial que ponga las bases de
cómo revertir esta malvada tendencia hacia una cada vez mayor
concentración de la población en las urbes y, especialmente, en las
áreas costeras, vaciando el interior. Las instituciones, las sedes
oficiales, las grandes corporaciones, las empresas industriales y
tecnológicas, etc., se concentran en las urbes sin una política de
reorientación que intente frenar la muerte de las zonas rurales de
interior.
Eso sí, las zonas rurales del interior sí que
aparecen en el radar de la política de ordenación territorial para
aquellas actividades molestas, nocivas y peligrosas que la urbe ni
las autoridades quieren cerca. Así, cada vez más, el interior se
destina a ubicar los mal llamados huertos solares, los molinos,
vertederos industriales, industrias peligrosas, granjas intensivas,
infraestructuras energéticas, centros de datos, etc.
No
se crean que no se acuerdan del mundo rural. Acordarse, claro que se
acuerdan. Se acuerdan para colocar lo que ellos no quieren pero
necesitan como el aire para respirar y seguir viviendo cómoda y
plácidamente, como si no supiesen lo que han colocado en lo que
ellos consideran su trastienda.
Una trastienda, por
cierto, que no es del agrado de los pocos jóvenes que habitan en el
entorno rural y que están a la espera de su oportunidad para escapar
al territorio del que tampoco quería salir la llorada Maricarmen.
Xabier Iraola Agirrezabala
Comentarios