Luis, porfa, agarra la vaca por los cuernos
Recientemente, recibí un WhatsApp recriminándome que, en mis artículos, tenía completamente olvidado al sector del vacuno lechero; que en poco tiempo había pasado de ser una referencia para el sector lácteo estatal a olvidarme de ellos y estar, últimamente, dando la matraca —dicho en finolés— sobre el cumplimiento (incumplimiento, diría yo) de la ley de cadena alimentaria.
Seguramente, mi crítico tenía parte de razón y es por ello por lo que, enlazando ambas temáticas, me ha llamado la atención la reivindicación de mis amigos gallegos de la organización agraria Uniones Agrarias para que se aplique una política de precios indexados en el sector lácteo. De este modo, el precio percibido por los ganaderos, además de cubrir los costes de producción —tal y como marca la ley—, evolucionaría en el tiempo en base a unos sistemas de indexación apoyados en índices de referencia donde, impepinablemente (y esto es cosecha propia), la base deberá ser el coste de la alimentación animal, que para algo representa, más o menos, el 60 % de los gastos de una explotación lechera.
Galicia acapara algo más del 50 % de la producción láctea estatal y, por ello, es comprensible que lo que ocurra allí afecte a modo de foco sísmico de un terremoto, expandiéndose por todos los territorios. Así, cuando los avisos de bajada llegan a las cuadras gallegas, su efecto alcanza al resto de las cuadras de la península. En este contexto debemos entender cómo hace unos meses, hacia abril o mayo, las quejas de los líderes de Uniones nos anunciaban una importante bajada de precios al ganadero. Si miramos el último informe de entregas de leche, correspondiente al mes de agosto, comprobamos que el efecto ha sido general: en lo que va de año, de enero a agosto, el precio medio estatal percibido por los ganaderos ha descendido en 7,2 céntimos por litro, si bien en Galicia la bajada ha alcanzado los 8,1 céntimos. Lamentablemente, la caída ha sido aún mayor en Euskadi, que con un descenso de 9,1 céntimos encabeza el triste ranking de bajadas del Estado.
Y todo ello ocurre con el silencio del ministro Luis Planas que, haciendo gala de su mote («el Plano»), dormita en el sofá de su despacho mientras los ganaderos sufren las bajadas antes mencionadas en sus carnes. Por el contrario, los consumidores se encuentran con un precio de la leche que consumen ciertamente estable desde aquellos meses de la primavera, por lo que cada vez es más patente e indignante el desigual reparto del valor creado en la cadena láctea, que —no lo olvidemos— se fundamenta en la leche producida por los maltratados ganaderos. No crea, estimado lector, que estoy reclamando una bajada de precios al consumidor; más bien, lo que estoy reclamando es un reparto justo del valor y una retribución al ganadero (y al resto de eslabones) acorde a su trabajo, a sus inversiones y a su apuesta de futuro.
Algo parecido ha ocurrido en el continente europeo donde, según los servicios oficiales de estadística agraria de la UE, el precio medio europeo ha descendido en 2,95 céntimos por litro frente a los 7,45 en los que ha descendido en el Estado español (existe un pequeño diferencial entre los datos ministeriales y los europeos), reduciéndose la brecha alegada por los compradores de leche —sean empresas o cadenas de distribución— como algo inaceptable e ilógico, hasta los 2,83 céntimos europeos, a los que, lógicamente, habrá que repercutir los costes de transporte. Algo a destacar, particularmente, cuando el diferencial del precio entre la leche estatal y los países vecinos, Francia y Portugal, es de 1,67 y 1,84 céntimos respectivamente.
Por todo ello, viendo que el precio desciende en el campo y se mantiene en el lineal de la distribución (no olvidemos que aproximadamente el 90 % del volumen del consumo de leche en el hogar se realiza en la distribución organizada), es más pertinente que nunca preguntarse cómo se reparte el valor generado entre los diferentes eslabones de la cadena láctea. Para ello, volviendo al inicio y pretendiendo responder a la crítica mencionada al principio de esta filípica, es más necesario que nunca contar con herramientas que empoderen tanto al productor como al consumidor: con observatorios públicos que aporten información de costes de producción, con modelos de contratos indexados en base a referencias objetivas (como el coste de la alimentación animal) y con herramientas que aporten transparencia al conjunto de la cadena para que el consumidor final obtenga una información veraz y ajustada a la realidad.
La
cadena láctea también necesita herramientas para poner orden en la
misma. Algunos eslabones no están por la labor y por ello es
imprescindible reclamar la implicación proactiva del ministerio en
este empeño; en ello, obviamente, el ministro Plano no puede seguir
mirando a un lado como si no le concerniese la cuestión. Luis, es
momento de agarrar la vaca por los cuernos.
Xabier Iraola Agirrezabala
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